Hoy es muy comùn que la gente se plantee la disyuntiva de votar, o no hacerlo, en las proximas elecciones del 5 de julio de este año, con el fin de renovar las càmaras de diputados, senadores, asambleìstas del Distrito Federal, algunas gubernaturas y presidencias municipales.
En la ciudadanìa hay una gran desconfianza en los partidos polìticos, no importa su signo e ideologìa, y en muchos de los peronajes que se estàn postulando para ser candidatos. Por ello, mucha gente dice que no ira a votar, y asì demostarrá su descontento y su repudio hacia las diversas fuerzas polìticas que compiten y hacia los organizadores del proceso electoral. ¿Pero es esa relamente una forma efectiva de manifestar su descontento y su deseo de hacer llegar a los partidos y candidatos su protesta? Ciertamente no. En un paìs en cuyo règimen electoral se guìa por el principio de mayorìa realativa no ir a votar no sirve de nada, es màs, por el contrario, no hace sino, de alguna forma, acabar avalando a los candidatos ganadores y a los partidos que ellos representan. Si en cambio rigiera el principio de mayoría abosluta, es decir, que el candidato necesita de la mitad de votos màs uno de los registardos en el padrón electoral para poder ser declarado ganador, entonces no ir a votar, si serìa una forma de protesta efectiva. La elección de Josè lopez Portillo en 1972 es un ejemplo de lo que hemos dicho. Con su solo voto hubiese ganado la elección presidencial pues ademàs de que no habìa contrincante en la lucha por la presidencia legalmente reconocido, regìa entonces, como hoy el principio de mayorìa relativa.
¿Que queda hacer entonces? Ir a votar, y en caso de que ningun candidato ni propuesta partidaria resulten de su agrado, sencillamente ANULAR EL VOTO. Eso si puede ser una manera efectiva de manifestar descontento y hacer notoria su protesta.
Esa si es una forma de ejercer la democracia; no ir a votar no ayuda a la democracia ni mejora la situación polìtica del paìs, ni resuelve nada. Ciertamente es lamentable que la gente no encuentre una opción que le satisfaga o le inspire un mìnimo de confianza, pero nos parece igualmente preocupante que por tales motivos la gente no participe en el proceso electoral, no dandose cuenta, que su falta de asistencia al derecho/obligación de ir a votar, no hace sino favorecer precisamente a a aquellos a quienes se repudia y de quienes se desconfìa. No votar, resulta entonces contraproducente. Hay pués que participar. Y si bien una hay que reconocer que gran parte del peso sobre la confiabilidad de las eleccciones recae en el Instituto Federal Electoral y los institutos estatales, a la lagra, el peso màs importante queda sobre los hombros de la ciudadanìa, que debe participar, cuidar y vigilar la limpieza y transparencia de la elección por venir.
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