jueves, 07 de mayo de 2009
Como decíamos al iniciar esta serie de artículos sobre la defensa de la libertad individual, el liberalismo nació del enfrentamiento del individuo contra el absolutismo del Estado y de la Iglesia Católica. El liberalismo reconoció en el individuo y reivindicó la unicidad de cada ser humano y la diferencia entre las personas y, por lo tanto, reconoció también la diversidad y la multiplicidad de pensamientos, opiniones, puntos de vista, tantos como individuos existieran. Por tal razón, el liberalismo se ha opuesto históricamente a toda visión del mundo que se pretenda única y "verdadera". No es tanto que el liberalismo fuera anticlerical (aunque existió el ala jacobinista), sino más bien contrario a toda interpretación de la realidad monolítica y monopólica como la que sostiene el clero, cuando habla de un Dios único, que lo puede todo, lo sabe todo, lo cotrola todo. Un Dios al que hay que rendirse negandose a sí mismo, renunciando a su libertad.
Para el liberalismo pueden haber muchas y muy variadas interpretaciones de lo que debe ser la sociedad, el Estado, la economía e incluso Dios, y en ello, en ese relativismo, ve riqueza intelectual y moral, y el fundamento del progreso, la mejora y el bienestar. Si el hombre es libre, si puede pensar crítica y reflexivamente, si puede opinar y decidir, si puede actuar, entonces no sólo él en tanto individuo, sino la sociedad se enriquece y avanza hacia el progreso.
En el terreno religioso eso supone la libertad de creer o no en Dios, la libertad de profesar o no una religión; la libertad de entender por sí mismo a esa deidad, pero también, la libertad de vivir haciendo caso omiso de la existencia de Dios. Cuando el liberalismo defiende la libertad individual, le reconoce al individuo el derecho a escoger y elegir entre todas esas cosas ariba mencionadas, aquellas que más le convengan, o sencillamente sean más afines a su manera de pensar y de sentir. Actuar de esta manera implica muchas dificultades y problemas, pero tal vez sea, y esa es nuestra opinión, la más saludable a final de cuentas. En la Biblia Dios se queja de que lo adoran de dientes para afuera. Eso sólo puede suceder en una sociedad donde la libertad de pensamiento, de opinión, de expresión están limitadas y controladas por el Estado o por la Iglesia (o ambos), entonces el hombre se vuelve insincero e hipócrita.
Por tales razones, el Liberalismo debe seguir defendiendo la libertad individual, el respeto, la tolerancia, la acción responsable pensada y reflexionada a la luz de la razón.  Que cada quien profese la religón que quiera  si así le parece bien, pero si no lo desea, igualmente debe tener la libertad de elegir eso y de poder actuar en consecuencia sin ser señalado, ni estigmatizado, ni marginado, menos aun violentado en su persona, moral,  psíquica o físicamente. Esa es nuestra postura.
En cuanto a la religión, cualquiera que esta sea, somos de la opinión de que una de sus finalidades más importantes es producir los mejores seres humanos posibles (morales, sensibles, solidarios, capaces de autogobernarse, con un sentido de vida y trascendencia); si no logra este fin se puede decir que ha fracasado rotundamente ante Dios y ante los propios hombres.

Tags: Individuo, libertad, elección, religión, absolutismo

Publicado por pedro_aureo @ 11:20
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