lunes, 03 de agosto de 2009
Continuando con el tema planteado en nuestra última participación, agregamos ahora un asunto nodal: la visión que del ser humano tiene el liberalismo. Y sin repetir una vez más lo dicho en artículos anteriores, entraremos a la cuestión que nos ocupa. En gran parte debido a la lucha contra el aboslutismo estatal y religioso, el liberalismo puso el énfasis en la defensa del individuo, su libertad y sus derechos, tanto frente al Monarca y el Estado abolutista, como frente a la Iglesia que pretendía tener el monopolio de la verdad y la concepción correcta de lo que es y debía ser el ser humano. En esta lucha, por demás válida y justificada, quienes pensaron el liberalismo y defencieron la unicidad, la irrepetitibilidad del individuo, dejaron del lado un hecho fundamental: que el ser humano es un ser gregario, es decir, que el hombre para ser realmente hombre, necesita desde su concepción hasta su muerte, de la convivencia con otros seres humanos. Es un hecho fundamental. Hoy, psados más de 300 años en que se ha venido construyendo el pensamiento liberal, para muchos de sus filósofos de ayer y de hoy,  sigue siendo un problema de segundo orden, y en esto están equivocados. Y a resultas de esa equivocación, se ha dado el nada satisfactorio  hecho de que muchos supuestos liberales sean gente totalmente narcisista, egoísta, mesquina, carente de la más mínima conciencia de que existen los demás y que esos otros también tienen derechos y dignidad. Y eso no puede ser una postura adecuada para la defensa del individuo y la libertad. La exeriencia acumulada de 300 o más años, debía habernos enseñado lo que en apariencia es una verdad evidente: que somos seres sociales, y que para ser nosotros mismos, necesitamos de los demás tanto como ellos necesitan de nosotros. Que lo qué nos hace humanos es esa interrrelación social, ese contacto, no siempre fácil ni sencillo con los otros. Así que, si el liberalismo como filosofía y como ideología quiere sobrevivir, ha de ser profundamente autocrítico y reconocer ese atraso en sui concepción del ser humano. La idea liberal, como la planteaba John Stuart Mill nos parece de un gran humanismo: sólo quien es libre y tiene plena consciencia de sí mismo, de su valor personal, de su unicidad y su originalidad, puede aportar algo valioso a la sociedad, ¡de acuerdo!, pero para que esto suceda, tiene también que tener consciencia de la existencia y el valor y la dignidad de los demás. Y ahí, el liberalismo ha fallado en sus enseñanzas, y por lo tanto ha fallado en su finalidad última, que no es otra que el que existan seres humanso plenos, capaces, originales y creativos; y que esos hombres y mujeres pongan lo mejor de sí mismos no sólo para lograr alcanzar sus metas particulares, sino también para crear, paralelamente, una sociedad mejor, más justa, equitativa, armónica.
Vale decir que esa parcialidad en la concepción del ser humano ha hecho del hombre un explotador de los demás hombres a quienes se mira con un afán usurero y discriminador, como si los otros fueran cosas y no seres; como medios y no como fines, peor aun, como mercancías. Y el fin del liberalismo es el hombre, no las cosas, ni los objetos, ni los animales. Pero una renovada del ser humano, es verlo en su doble dimensión: como individuo, único, irrepetible, insustituíble, y como ser social e histórico, perteneciente a una sociedad, e inmerso en una cultura. Lo segundo no se contrapone a lo primero, sino que ambas dimensiones sumadas, nos dan una visión más clara del ser humano. A esa visión integral, holística ha de tender el liberalismo del siglo XXI.     

Tags: Individuo, ser, gregario, social, convivencia, interrelación, Mill

Publicado por pedro_aureo @ 15:51
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