Mi?rcoles, 12 de septiembre de 2012

Continuando con nuestra  reflexión sobre el liberalismo y tolerancia, tocaremos uno de los asuntos más graves: la tolerancia a conductas que se consideran minoritarias o desviadas de la norma general en un momento histórico dado. En ese sentido, el liberalismo tien una gran deuda por cumplir, ene el sentido de promover y propiciar la tolerancia hacia aquellas personas o grupos que no sólo piensan distinto, sino que también, por las razones que sean, actúan y se comportan diferente. El liberalismo, como ninguna otra filosofía sobre el hombre y la sociedad,  tiene derecho a querer imponer a la fuerza, por más razón que tenga, su manera de concebir la sociedad, las relaciones y comportamientos. Puede legítimamente tratar de persuadir de las bondades y conveniencia de sus puntos de vista, pero no tiene ningún derecho a obligar a nadie a comportarse o pensar de determinada manera, insisto, por buena y noble que esta sea. Cuando se trata de hacer esto último, ya no se es liberal en el sentido más ilustre y honroso del término, sino un dogmático del liberalismo, consecuentemente un intolerante  que ha convertido ciertos principios y valores filosóficos y morales en verdades absolutas, en dogmas de fé. Y cuando esto sucede se pierde contacto con la compleja realidad humana y se cae en la ilusión y la fantasía, o dicho de otra manera, en la irrealidad. Desde nuestro personal punto de vista, entonces, los liberales deben no sóo defender los valores de la actitud crítica y tolerante, sino también profundizar en el estudio de la naturaleza humana individual y social. Sólo así se puede evitar caer en posturas, ya decíamos fantasiosas e ilusorias, que nada tienen que ver con la realidad humana concreta, con los hombres y mujeres de carne, hueso y sangre, que piensan y sienten de muy diversas maneras. Pensar, por ejemplo, que un día todos tendremos las mismas ideas, o que un día se acabará con la agresión, la violencia o las pasiones y que todos viviremos en paz y armónicamente como hermanos, es tan absurdo e irreal, como pretender que un día amanecerá con la salida del sol por el poniente o el norte. para construir una filosofía (liberal en nuestro caso) que nos sea verdaderamente útil para vivir nuestras vidas personales en el seno de la sociedad, tenemos que considera al ser humano en toda su enorme complejidad, con sus absurdos, irracionalidades y contradicciones, tanto como con su racionalidad y congruencia en el pensar y en el hacer. Es precisamente por la existencia de ambos polos que debemos tratar de conocer mejor la naturaleza humana, y a partir de ello, tratar de construir una propuesta viable para la vida y la coexistencia entre los seres humanos, pero sin invadir la esfera privada de una persona, pareja o familia, por parte del Estado y sus instituciones públicas o privadas. Cada ser humano, pareja, familia, colectividad, debe tener la libertad (poitiva) real para pensar o actuar como crea conveniente, aunque ese comportamiento no sea considerado el "normal", el "adecuado", el "correcto", para la mayoría. El límite es no dañar a terceras personas ni en lo físco, mental o espiritual. El otro límite es no trtar de imponer a otros, nuestras creencias, valores, actitudes y conducta.

      


Publicado por pedro_aureo @ 16:01
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